La furia roja

Por Edgardo Villarreal

Desde que tengo memoria recuerdo haber escuchado referirse como «Furia roja» a la selección de fútbol de España, sin embargo, ahora, en este momento de mi vida, me doy cuenta de lo erróneo de esto.

Efectivamente, existe una furia, pero no es la selección de fútbol; aunque sea algo que la gente ni siquiera imagine, la furia española está compuesta, en la gran mayoría de los casos, por personas que ni siquiera han nacido en ese país: gente negra, morena, mestiza, pero que está pintada de rojo por toda esa sangre derramada a lo largo de su vida como inmigrantes; gente que grita apasionadamente, suda y derrama lágrimas, pero que no lo hace por un sentimiento vacuo hacia un victoria deportiva, sino por un sufrimiento real causado por un estado y sociedad que, en el más magnánimo de los casos, muestran indiferencia. Estas personas no sueñan con un campeonato, con que su camiseta tenga una estrellita más; sueñan con ser visibles y escuchados en una tierra ajena en la que casi desde el primer momento que pisaron, sus sueños comenzaron a colapsar.

«Invasores» es en lo que se convierten, usurpadores que llegan a robar el trabajo de los privilegiados y a ensuciar sus pulcras calles y blancos palacios con sus callosas manos y pies. La dignidad de ser visto como una persona se convierte en una lucha constante; su desayuno, comida y cena de todos los días. La pesada loza del prejuicio aplasta cualquier intento de alivio y el miedo avasalla las mentes reflejándose en esos azules y verdes ojos; el máximo temor de los conquistadores se manifiesta, aquello que no los deja dormir por las noches se vuelve real: ser conquistados.

La «conquista» de su lujoso primer mundo no se da a través del genocidio o la rapiña, sino por medio del trabajo honesto, el arte, la diversidad, los valores y las enormes ganas de una vida mejor. Imagino que ha de ser muy difícil mirar las majestuosas cupulas de oro de sus hermosos edificios o las brillantes gemas que adornan las coronas de sus gobernantes elegidos por Dios, y pensar que pueden serles arrebatadas por aquellos a los que originalmente se las arrebataron.

Justicia e igualdad es de lo que más se habla en este mundo progresista, pero ¿en dónde están estos derechos cuando es más probable que recibas un escupitajo en la cara por tener un tono de piel oscuro que una palmada en la espalda de apoyo y empatía? La moral de las naciones blancas e imperiales, basada en la magnificencia del cristianismo: xenofobia, racismo y patriarcado al servicio de la «buena gente», se va pudriendo con esta creencia de que entre más pura se mantenga a la raza y más cerradas las fronteras, se alcanzará la grandeza. Decadencia es lo que obtendrán a cambio de sus ultraderechistas ideologías.

Todo esto es lo que aprendí en el reciente viaje que realicé por algunas ciudades del «Reino» de España, una travesía que me llevó a auto analizar el pequeño mundo de privilegio en el que vivo en México. Este recorrido por Madrid, Barcelona, Santiago de Compostela y Valencia, me dio la oportunidad de conocer a maravillosas personas, luchadores, que me inspiraron a escribir este texto. Descubrir sus historias llenas de dolor y rabia, de melancolía y resentimiento, me abrieron los ojos y el corazón a una realidad desconocida para mí hasta ese momento (o quizá sí conocida, pero nunca comprendida).

Desde el primer momento en que pisé ese país tuve un encuentro directo con el racismo sistemático y el sentimiento imperialista en el que viven las personas que decidieron inmigrar a él. El doce de octubre, mientras recorría las calles de Madrid, me encontré con algo que jamás hubiera imaginado posible: El Día de la Hispanidad. Adultos y niños de todas las edades, y supongo de todos los estratos sociales, paseaban por las calles y por el metro con banderas colgadas en sus espaldas y el amarillo y rojo surcando sus mejillas. En ese momento me pregunté: ¿por qué celebran de esta manera el inicio de una masacre y un despojo y lo convierten en fiesta nacional?

Y no pasó mucho tiempo para escuchar de un incidente que le ocurrió a Jorge Rentería, inmigrante afrocolombiano que me alojó en Madrid; porque así es entre la gente que migra: te extienden siempre la mano, te dan una cama para dormir y te ofrecen un plato de comida; son hermanos y hermanas. Jorge, al ingresar al metro, fue detenido por el vigilante de la estación acusándolo de que su boleto no era válido y que intentaba viajar sin pagar, no obstante, la verdadera causa de esa detención fue su perfil racial, el simple hecho de tener la piel oscura levantó sospechas, porque, desde luego, los negros son siempre el enemigo, ¿no? Aquí tomaré prestada una frase que escuché decir a Quinny Martínez y que explica llanamente este tipo de sucesos: «Cuando el blanco corre es porque va afanado, pero cuando el negro corre es porque ha robado algo».

A mí me tocó mi parte también, y aunque indirectamente, fue algo que me caló profundo: «¿Qué es lo que hacen aquí esos negros?», dijo un estúpido hombre blanco al vernos pasear en un balneario de aguas termales. Claro que he escuchado muchísimas veces ese tono tan peyorativo, México es un país sumamente racista con los indígenas que le dan su identidad, sin embargo, nunca lo había escuchado dirigido hacia mí o a las personas a las que estimo. Da rabia, penetra, y también te hace llegar a un nuevo estado de conciencia. A nadie le gusta ser tratado como una mierda.

«Blanquitud», «deconstrucción» y «glotofobia», son algunos de los términos nuevos que ahora forman parte de mi vocabulario. Pero no son simples palabras para sacar en una conversación y hacerse el interesante, sino son palabras para tratar de crear conciencia y un cambio. Algo que, desde mi rincón, pretendo hacer a partir de ahora.

La sociedad se mueve, pero no debe de hacerlo en reversa; no debemos regresar al oscurantismo, a la cacería de brujas. Debemos de aprovechar todas las herramientas a nuestra disposición para crear un entorno, interno y externo, en el que quepamos todos. Claro, los imperios blancos tienen una enorme deuda que pagar, deuda que con el tiempo crece más y podría parecer insaldable, no obstante, creo que llegará el día en el que podamos mirarnos sin repudio y resentimiento; el día en el que el consumismo desmedido que genera el capitalismo se derrumbe y todos podamos gozar de los mismos privilegios y las mismas oportunidades. Mientras tanto, la verdadera «Furia roja» continuará su lucha, gritando hasta quedarse sin voz y marchando hasta que sus pies sangren. Hasta hacer saber a todos los «blanquitos» que nos son los dueños ni los salvadores del mundo.

Estas son algunas de las personas que conocí y algunas de las experiencias que viví en este viaje. Gente que me enseñó su mundo, que me hizo sentir parte y de las que recogí toda la sabiduría con la que regresé a mi tierra:

En Madrid tuve la oportunidad de visitar Espacio Afro y conversar con Yeison García, que me mostró el lugar y me explicó un poco de toda la labor que hacen para darle fuerza y voz a toda la comunidad africana y afrodescendiente en la capital del país; conocí en persona a la poetisa Solanyely Sánchez y al poeta Kevin Ramírez, que me ofrecieron su amistad, me compartieron sus letras y me dieron una bienvenida y despedida muy cálida; conocí a la músico Terry Mbá y a la escritora Ada Okembe con quienes pasé unos momentos muy agradables. En Barcelona me encontré, conversé y bebí con Christina y Jenry, ambos un apoyo esencial de PlataformaCero y a quienes puedo considerar ahora mis amigos; di un paseo con la actriz Sandra Hervás de quien escuché su perspectiva acerca de la vida en esa ciudad; me encontré con la escritora Keren Biebeda; visité Periferia Cimarronas y platiqué con Elizabeth Montero, «La flor del tamarindo», mientras me mostraba el espacio y me explicaba como dan apoyo a las expresiones artísticas migrantes y el esfuerzo que conlleva hacerlo; asistí como observador al taller de escritura Hologramas que imparte Quinny Martínez, en donde compartí momentos muy emotivos con sus alumnas; tuve el honor de conocer a Fernando Esteban Muñecas, el hombre detrás de la maquetación y el diseño de los libros que hemos publicado en PlatafromaCero. En Santiago de Compostela quedé prendado por sus calles, el gris de sus paredes manchadas de musgo y su llovizna, cosas que atraparon por completo a mi ser e hicieron volar mi imaginación, sin embargo, lo ahí aprendido y la calidez de su gente es lo que realmente me movió: Casa Comunitaria Aluandê, dirigida por la contramestre Cristina, a quien puedo considerar mi amiga, y sus esfuerzos por unir a toda la gente migrante de Santiago; Tim, parte del grupo de Capoeira y ayudante de la contramestre, quien me cayó muy bien y tuve conversaciones muy interesantes; Aranxa Vicens y su taller en el que aprendí lo que realmente es el racismo; Jara con su amabilidad y siempre con una sonrisa; Vicky Campoamor que me mostró una amistad muy sincera y con quien acabé compartiendo la mayor cantidad de tiempo de mi viaje; Daniel y sus fotografías; Yamini y la interesante platica que tuvimos; Mari, una de las activistas más notorias de la ciudad, que me dio alojamiento en su casa; y todes les demás que compartieron conmigo en los talleres y la sesión de repentismo. En Valencia representé a PlataformaCero en la presentación de Así respira mi verbo, libro de la poetisa Hilda Pérez, a quien por fin conocí en persona; Abdiel Segarra, fotógrafo y videasta, fue alguien con quien me sentí muy a gusto e identificado desde el principio, un gran tipo. Y desde luego, después de casi tres años, pude estar frente a frente y pasar la gran mayoría de este viaje compartiendo intensas experiencias, lágrimas y un descubrimiento mutuo, con una de las mujeres más grandes que he conocido en mi vida, mi hermana de otra madre: Iris «Quinny» Martínez Hernández; maestra, consejera, a veces madre, colega… Mi negrita. Ella sabe lo que siento y lo agradecido que estoy por todo lo que ha hecho por mí.

Gracias a todes los que viven en la diáspora y me hicieron sentir en casa cuando a veces ni elles mismes se sienten así. Desde ahora habitan en un pedacito de mi corazón. Espero que nuestros caminos se vuelvan a cruzar pronto.

Iris «Quinny» Martínez Hernández y yo
Anuncio publicitario

3 comentarios sobre “La furia roja

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s