Un asedio binario

Por Alejandro Rabelo García

1).- La Real Academia Española (RAE) no es El Vaticano de nuestra lengua, aunque mantiene la misma pretensión. Hace siglo y medio, desde la Mexicana, surgieron Academias Nacionales dedicadas a registrar, compilar y aun regular el uso particular del español entre sus hablantes; y apenas a mediados del siglo pasado, también a instancias de, entre otros, Martín Luis Guzmán, miembro de la AML, se creó una asociación de academias nacionales, bajo el propósito de contribuir, mientras se “descentraliza la autoridad”, al enriquecimiento del idioma. La RAE no es, por tanto, muy a pesar de su extenso bagaje y a la luz de las contribuciones de dichas Academias, una última instancia decisoria en la materia. No es ocasión para abrir debate acerca de las -múltiples- razones de la presente afirmación; se consigna, sencillamente, que no pueden ser unilaterales sus dictámenes sobre el más reciente campo de batalla cultural, esto es, el lenguaje inclusivo.

2).- El lenguaje inclusivo muestra como objetivo central visibilizar lo que ha permanecido marginado, “periférico”, discriminado: Por contraposición, por lógica, invisible, excluido; al menos, en la codificación del español. En México y para el caso del Estado, se ha llegado a normar en todos sus niveles de gestión pública, desde la documentación hasta la operatividad y la evaluación. Hoy, ya no se dice “adultos mayores” -un eufemismo que desplazó a otro: “ancianos”-, sino “personas adultas mayores” ni “minusválidos” sino “personas con discapacidad”. Se dice “ciudadanos” por “ciudadanía”, “jóvenes” por “juventud”; y, para no abusar del empleo de plurales que podrían perpetuar la invisibilización (Sustantivo que no existe: Invisibilidad), “médicas y médicos”, “músicas y músicos”, “usuarias y usuarios”. Las polémicas más incendiarias al respecto se dirigen ni más ni menos que al núcleo de la gramática española: Desplazar, a la vez que integrar, artículos, pronombres personales y sus correspondientes clíticos para incluir la condición no binaria de la identidad sexual; y en una vertiente ya no tan primaria, la expansión del genérico femenino y la validación del femenino en diversas palabras que, según los argumentos de quienes lo promueven, reflejan y fijan el patriarcado cisheteronormativo (Anglicismo no reconocido). Me ceñiré a los alcances de ambas propuestas en la dimensión concreta de la expresión escrita y la literatura, rozando la teoría de la comunicación, mi profesión, sin entrar (Porque tampoco es la ocasión) a mayor debate histórico o prospectivo de logros e ideologías.

3).- El relativismo cultural posee como uno de sus pilares esenciales la validez de todo sistema cultural y, más específicamente, una valoración de igualdad entre ellas. Corriente antropológica en sus orígenes -entre cuyos partidarios tiene, por mencionar algunos, la Iglesia católica, partidos e ideólogos de derechas e izquierdas, movimientos altermundistas, etc.-, hoy sencillamente ha derivado en 2 subproductos igualmente perniciosos: La corrección política y la cultura de la cancelación. Nada de eso hallará quien por aquí se asome: El liberalismo y el humanismo secular, los cuales defiendo, llevan décadas fustigándolo y advirtiendo del peligro de consecuentar prácticas y visiones que dañan a las personas que dicen representar; así como de la hipocresía de quienes sacan provecho de ambas por alcanzar poder, prestigio, posiciones y prebendas, asimetrías todas ellas que no se basan, claramente, en la razón y el conocimiento, en la lógica y la ética, los instrumentos que los seres humanos nos proveímos como un piso mínimo de coexistencia pacífica.

4).- Este artículo expondrá mi perspectiva personal y profesional y no representa el punto de vista de Plataforma Cero ni de su equipo: Mucho mayores son su diversidad que la de mis propios juicios y su libertad para con sus autores que la de una línea editorial. No habría colaboración posible sin ese, repito, piso mínimo. Siempre he preferido la libertad intelectual y la independencia crítica en lo individual, hablar solamente por mí mismo -sin amalgamas ni falacias- y ser responsable de cuanto escribo. Soy consciente de las mismas libertades e independencias de criterios en los demás, incluyendo su sacrosanto derecho a no compartir ni apoyar lo que no desean según esos criterios.

Masculino y femenino

La lengua, como fenómeno comunicacional, es uno de los componentes más esenciales de la cultura, ni más ni menos que su expresión y su registro, sobre todo cuando se volvió escrito: Código, estructura, medio. Ignoramos cualquier lengua prehistórica, conocemos en cambio el sumerio: La escritura como parteaguas, la Historia como su ramificación más dramática. En Cien años de soledad, García Márquez refiere esta condición cosmogónica con una imagen rotunda: Había que señalar las cosas para nombrarlas. ¿Cuál de los homininos lo hizo primero?

Lo valioso terminó siendo cuál tomó nota primero, pero es claro que debió existir un repertorio de palabras y frases verbalizadas que luego fueron graficadas. La grafía -el signo escrito- representaba algo -el significado- que forzosamente tuvo que ser único, de la misma forma cuando contamos con los dedos de la mano empleamos el meñique para un número o categoría, el anular para otro, el medio, el índice y así sucesivamente. Y todos, absoluta y plenamente todos, tenían que estar de acuerdo en que a tal signo (O significante), cual significado: Eso se llama convención (Convenir, convencional, convencionalismo) y aplica hasta la fecha: Todos estamos de acuerdo en porqué tal cuadrúpedo es un gato y no puede ser un perro, y en cuáles son siameses y cuáles no. Es curioso, frente a esto somero y simple, porqué estamos de acuerdo en qué es y de dónde provienen la raza y el sexo, y no tanto en qué son y de dónde provienen el racismo y el sexismo.

Cuando tocó su turno, lo masculino y lo femenino también tuvieron que representarse de manera diferenciada: Macho y hembra, padre y madre, hijo e hija. Desde el fondo de los tiempos, por la biología al menos, esa nominación básica separó masculino de femenino y se aplicó a otras necesidades comunicacionales: Día y noche, frío y calor, vivo y muerto, sed y agua, hambre y comida, etc. Larga data y razones elementales nos aportaron los géneros para las palabras, pero cada lengua, según las dinámicas de sus hablantes y oyentes, las indicó gramaticalmente como mejor convino (Convención, conveniencia en términos de su comunicación): En 8 siglos de existencia más o menos plena, factores metalingüísticos contribuyeron a que la terminación -a se asociara, en el español, a significar lo femenino, sin suponer por ello imposición ni decisión razonada, sino más bien uno de esos factores: Arbitrariedad.

Otro factor lingüístico se llama economía: Simplificación, estandarización, registro de usos, unicidad semántica, etc.; y, para no caer en el caos de lo arbitrario, la costumbre que deviene norma para formular un marco común gramatical. Hablamos -y escribimos- lo estrictamente necesario, lo necesariamente funcional, y para cada ámbito, digamos, retórico, se va gradando dicho rasgo: De la misma forma que no escribiríamos un recado de 2 cuartillas, no compraríamos una novela de esa cantidad ni la llamaríamos así. Uno de los componentes de esa gramática son las marcas de género, aquellas por las cuales les asignamos sus modificadores a los sustantivos: Ríos contaminados, lagunas hermosas, nubes redondas, cielos azules; con asignaciones igualmente arbitrarias según su convención: El césped, la pared; la raíz, el matiz; la fuente, el puente; o, por hiato, el agua-las aguas, el ave-las aves, el arma-las armas (No obstante, nadie nos corrige si nos oye decir La anterior, la algarabía, la aceituna…). Corregir: Los límites de corrección del idioma se fijan alrededor de ese marco y las convenciones muchas veces entrecruzadas que resguarda.

De hecho, el elemento de la unicidad semántica prueba que las convenciones, por otro lado y en función de esas dinámicas, son muy variantes: Tenemos palabras que se escriben igual y significan cosas distintas; que suenan igual y significan distinto; 3 o más palabras que se escriben distinto y su significado puede ser similar y/u opuesto, etc. Propendemos a la economía últimamente con la aparición de los medios masivos de difusión y su obligada limitación de planas, tiempo aire, métricas y demás, los cuales originaron una forma consumada de economía textual: Los formatos y los géneros.

Se suman a lo anterior, innegablemente, procesos de poder y hegemonía en el uso de la lengua, lógicamente desde quienes lo ostentaban y preservaban: Las cortes, los purpurados, las comunidades laborales, las sociedades académicas, los gremios, etc. Una proclama real, el canto de un juglar, los registros administrativos públicos y privados, por razones de espacio, debía utilizar plurales (Todos, habitantes, todo el que…, etc.) que se aceptaban incluyentes de por sí. De igual forma, la ocupación de cargos que utilizaban y compilaban nuestra lengua exclusivamente por hombres propició voces, acepciones, referencias, etc., exclusivamente masculinas. Desde entonces se heredan prejuicios y roles como un sustrato cultural y como tal, una manera de emplear el idioma; ambos, palabra y pensamiento, interactúan y se moldean, modelando a su vez nuestras convenciones. Del mismo modo que se asumen tales o cuales profesiones para tal o cual sexo, aun cuando los términos designen cada género, su significado puede asumir inequidades. Hoy día tenemos enfermeros e ingenieras gracias al derribo paulatino del prejuicio para su ejercicio profesional limitado supuestamente por el sexo; pero a unos y a otros les seguimos confiriendo, de nuevo por prejuicio, atributos muy diferentes.

Lo que separaría en todo caso es la afirmación, maniquea y claramente ajena a los factores idiomáticos y comunicacionales, de la anticipación, de la opresión premeditada desde la modelación de la lengua contra las mujeres y las minorías de tipo sexual, racial, socioeconómico, etc. Las denominaciones tienen su peso específico en nuestro imaginario, sí, pero su origen no guarda relación ni establece previamente su evolución. El androcentrismo actual, o actualmente detectado, no necesariamente prevalece gracias a un plan bien diseñado por los contemporáneos de Ruy Díaz de Vivar. En su estudio de 2007, Sexismo lingüístico, Ángela Pérez García expone 2 posturas teóricas enfrentadas: La primera, uno de cuyos aspectos describí de modo muy simplista en el párrafo anterior: Cómo la realidad incidió en nuestro idioma; la segunda, que la lengua es independiente de la realidad, otro de cuyos aspectos mencioné anteriormente. Por eso sostengo que esa dicotomía es en verdad un falso dilema. La realidad influye en nuestro idioma por necesidades comunicacionales, lo cual no impide que esas necesidades luego evolucionen al margen de la realidad (Pienso, por ejemplo, en las connotaciones especiales ¡De los colores!: Verdoso, amarillento y blanquecino por no decir verde, amarillo y blanco, ya no digamos cetrino, papujo o prieto).

Hoy, junto a hablantes con mayor acceso a la educación, la cultura y el activismo social, así como a medios de comunicación, la evolución exige dar voz -en tanto nombre- a nuevas realidades, entre éstas dar voz -en tanto foro- a nuevas personas.

Género y sexo

No existe peor discusión, más inagotable y más agotadora, que la ideológica. Al sol de hoy, ni la Internacional se ha puesto de acuerdo sobre cuál es el modelo de socialismo a adoptar para por fin llegar al paraíso comunista. Por supuesto que en la ciencia, desde la razón y la filosofía, se puede discutir, pero la diferencia sustancial es que, en muchos casos, se llega a un final y éste no siempre conlleva el exterminio de los disidentes. Es más: Suele enriquecer, incluso se alienta, gracias a su riguroso método: La presentación de evidencias, la experimentación, la revisión de pares, etc.

Aquí, osaré una puntualización: No es menos estúpida la gente que llama “ideología de género” a la defensa de derechos civiles impostergables que aquella que asume esa defensa, justamente, con cariz ideológico, totalizador.

Hasta la saciedad, expertos en lengua española, quienes la estudian y quienes la preservan, han argumentado la diferencia entre género y sexo; entre denominar por género todo lo relacionado con lo humano y hacerlo con el resto de la realidad; y entre conseguir una total feminización de cada vocablo aplicable, al menos, a lo social. Sus respectivas asignaciones provienen desde las lenguas clásicas (¿Alguna palabra con el sufijo -teca que no sea femenino: Biblioteca, pinacoteca, discoteca…? Y, sin embargo: El monarca, el burócrata, el pianista) y de las que fueron apareciendo, de nuevo, se las aportaron según las convenciones que, quizá sesgadas y todo, no impidieron que televisión y ópera fueran femeninos, que casa y cosa no correspondan ni refieran géneros de personas, y que para las morsas, las jirafas y las moscas no estemos proponiendo, lanza en ristre, morsos, jirafos y moscos (Chiste para mexicanos tropicales).

Si el de María Moliner es un ejemplo paradigmático en el ninguneo de la presencia de la mujer en la lexicografía del español, también lo son las pertinentes aclaraciones sobre marcas de género brindadas por Ana Vigara Tauste (Cuya muerte prematura cercenó la ampliación de la teoría del humor en nuestra cultura), Esther Borgas Ferdet, María Ángeles Calero Fernández y Eulalia Lledó Cunill. Dejo aquí la invitación a leerlas, muy puntual y muy atentamente: Son algunas expertas en el tema que tantas rencillas, a veces gratuitas, genera entre los hispanoparlantes.

Lo que sigue son vanos ejemplos, tomados de sus aportaciones, para sostener que sería imposible, por motivos lingüísticos, abanderar siquiera que impostar el femenino, para cada vocablo, bastaría para visibilizar el papel de la mujer:

A).- El androcentrismo permeó hasta en acepciones como escritorio, dar calabaza y perejil, y muchas más (Anna María Fernández Poncela compiló los insultos proferidos utilizando acepciones femeninas: Gallina, rata, víbora, zorra, vaca, etc.) cuya única perspectiva masculina debe revisarse, pues se trata ni más ni menos que del contenido, lo que finalmente se consulta y se emplea en ámbitos formadores de la sociedad: La familia, la escuela y los medios. Pero, reitero, no son lo mismo el sexo y el género ni la diferenciación pasa exclusivamente por la terminación -a. Cambiar, por ejemplo, cuerpa por cuerpo, por pura consigna, pero significando lo mismo -y muchos otros conceptos que no se propusieron feminizar- equivaldría a no reconocer otros grandes logros de la equidad como el radio y la radio, la mole y el mole, la frente y el frente, el chance y la chance, la valiente y el valiente, la infeliz y el infeliz…: Epicenos solidificados desde mucho antes del concepto sexismo.

B).- Para muchas profesiones y oficios abrirse al género es relativamente reciente porque reciente es la incorporación de las mujeres a muchos de ellos, sobre todo aquellos que implicaban acceso a los estudios y al poder. Sí: Oncóloga, astrónoma, senadora, generala, catedrática, arquitecta, presidenta, jueza…; lo cual, por oposición, se arrastra también respecto a las “profesiones para mujeres” (De institutriz y nodriza apenas y conocemos el masculino; modista tiene la excepción modisto, pero resulta que a costurera toca sastre); y ni hablar de lo muy diametral que resuenan: Aventurero y aventurera, héroe y heroína, secretario y secretaria, golfo y golfa, ceniciento y cenicienta

C).- Pero, ¿Qué hacemos -como señala Álvaro García Meseguer- con asimismo epicenos (Rehén, edecán, portavoz, secuaz), puestos que no existen o casi no registran uso (Caporala, chofera, obispa, aunque para el sentido figurado y quedándonos en la jerarquía clerical, existen Papisa, abadesa, sacerdotisa), riesgos de confusiones a distintos niveles (La sobrecarga ya se registra, pero no para la auxiliar de vuelo; la guía también, pero tiene 2 acepciones; los que mencioné ya: Médica y música, empero nadie duda de frutero o estadístico); las raíces grecolatinas cuya convención, se insiste, funcionan para referir -comunicar- ambos sexos (Pediatra, jerarca, aunque poseemos matriarca; terapeuta, artista, pentatleta) y, principalmente, la desinencia que más escozor provoca entre tirios y troyanos: -e/-es (Conserje, jinete, cantante, estudiante, pobre, pobres, autores, jugadores, soñadores, perdedores)?

D).- La eufonía, el sonido apropiado y melódico de la pronunciación de cada palabra y, por extensión, la cadencia que se oye al hilvanarlas para producirla, es otra de las convenciones de nuestra gramática, y una muy relevante si se consideran la homofonía (Boto, voto), la homografía (Nada, de nadar, nada, vacío), la homonimia (Azulejo -pájaro-, azulejo -loseta-), la paronimia (Cítara, citara, citará) y la polisemia (Hábito de monje, hábito de fumar). Puede que la retórica y la poética, artificios esenciales de la escritura y no tanto del habla, no nos obliguen durante la práctica comunicacional -económica, coloquial, manida-, pero nadie ha sido ajeno al fenómeno: “Suena bien”, “Se oye bonito”, “Suena mejor así”, “Eso se oye feo”, etc. O bueno, eso creía hasta que la RAE incorporó a su DRAE y derivados -incluyendo el insuficiente Panhispánico– el vocablo influenciar, uno de los pésimos horrores en la historia de los pésimos horrores de la Real. Olvídense, por ahora, de los contrahechos morfo-fonéticos del engendro: Al validar una ostensible incorrección (Una cosa es que los medios influyan sobre el lenguaje de las audiencias y otra muy distinta que los ocupantes de las sillas académicas se dejen influenciar so pretexto de compilar todo el idioma: Lo que no les impide negar palabras mucho más antiguas que su institución, como posol, chichigua y zangamilote), abrió una caja de pandora muy difícil de cerrar ante sí misma: La dicción queda sujeta, ni más ni menos, que a la fama y al prestigio.

Binario y polinario

Visto lo visto, el problema cumbre surge de la expresión (O no) de lo no binario, lo hasta ahora masculino y femenino solamente. Ya hemos cubierto que aquello no relacionado a las personas está expresado en más de 2 términos, por lo cual, contrario al mito extendido, no sería binario: Las estaciones, las horas del día, las emociones, los campos del conocimiento, los oficios, los objetos tangibles e intangibles. Sobre los animales, y a menos que en verdad se pretenda enseñar en las escuelas a identificar lechuzas y lechuzos, platelmintos y platelmintas, caimanes y caimanas, durante el habla (“Mira ese ardillo comerse la nuez”, “¿Cómo sabes que no es ardilla?”), también el ejercicio sería exhaustivo y, en el mediano plazo, fútil. No digo con ello que la futura convención de nombrar tajantemente cada cosa por su género nunca se establezca: Digo que el trayecto para alcanzarlo se observa complejo por lo multifactorial.

Si no es binario, ¿Qué será? ¿Ternario, cuaternario, polinario? Es decir, ¿Tendremos que nombrar a cada persona según su identidad sexual? Ya también se describió la diferencia lingüística y comunicacional entre género y sexo. ¿Ésta será la única dimensión, el criterio único, por la cual se añadirá todes, les, periodistes, et al, a nuestro vocabulario? Mostré también ejemplos peculiares de cómo, por muchas razones, buscar la terminación -e/-es o derribarla porque se aduce genérico masculino, es viable, pero representaría movilizar algo más que un diccionario.

Nombrar es existir, por supuesto: Cuando se descubre un elemento o se concreta una invención, lo primero que se busca es su nomenclatura. Por la taxonomía nos regalamos incluso un sistema para ello. No sería menos para las personas, pero entonces, ¿No tendríamos que nombrar cada identidad sexual y no sólo por medio del genérico -es lo no binario, dado que, por lógica lingüística, nombramos concreciones? Queer, intersexual, asexual, pansexual, transgénero, ¿No merecerían su asignación particular? ¿Nos los creamos o, desde la convención, admitimos y nomás regulamos grafías y fonéticas que los incluyan al nombrarlos? ¿Por qué no nos sirven las actuales, más allá de posturas sociales, políticas e ideológicas?

Al momento, se escribe amig@s o amigxs o amigues; las 2 primeras cayeron en desuso, creo que muy rápido, por no tener ¡Imagínense! pronunciación, por lo cual prosperó la tercera, si bien pudo ser -u/-us: Lus ucranianus, lus rusus; o para evitar el latín macarrónico, -i/-is: Lis ucranianis, lis rusis. Como se ve, no hay opción que embone y me refiero a la convención, a estar de acuerdo todos en ello en pos de satisfacer necesidades comunicacionales. Luego, el uso mismo detona el arbitrio: “A partir de mañana, lo que ya termine en -es (Perdices, felices, noble, orfebre) nombra a todos, todas y todes”. “Bueno, pero ¿Eso no sería invisibilizar, de vuelta, a las mujeres?”. “No, ellas tienen que sentirse incluidas… Además de lo práctico que será emplear una terminación y sus marcas de género cuando antes debatíamos por 3. Y cumplimos la demanda de inclusión definitiva”. Desde ese escenario, tan plausible como una pandemia, Mujeres abandonaría artículo, pronombre y clítico las para adoptar les, que naturalmente nombraría a las transexuales y las transgénero, a las queer y no binarias, a las lesbianas, bisexuales y asexuales, a las rubicundas, a las apiñonadas, a las inteligentes y a las oligofrénicas, a las sinoparlantes y a las francoparlantes, a las neozelandesas y a las laponas… y listo.

Permito los autores que edito utilizar cualquiera, la arroba, la equis o la terminación -e/-es, a condición de uniformar su propio criterio para promover su convención. Sólo muy excepcionalmente, más en el periodismo, uso la arroba por un criterio muy mío: No sólo fue la primera propuesta, también es un símbolo persistente -por lo tanto, comunicativamente funcional- de la Edad Digital, la era que acompañó e impulsó su significante inclusivo. Estoy de acuerdo en que sin fonética no pasaría de los códigos visuales. No me considero apto tampoco para proponer un sonido vocal que dirima para siempre ese aspecto de la discusión.

Lejos de mí la idea de concluir a través de un sofisma. Tanto si en la próxima década se logran dichas convenciones del idioma o el debate prosigue, la inclusión es irrebatible. Se trata de derechos: Una sociedad cuyo marco jurídico divida de facto a sus ciudadanos de segunda, que pagan impuestos, pero no se pueden casar entre sí, no puede disponer de su cuerpo ni de su identidad, no pueden acceder a bienes y servicios sobre todo del Estado, no merece los adjetivos libre, democrática y mucho menos inclusiva.

Ello no obsta (Aprovecho para mi particular paréntesis) para aclarar paradas: El campo del lenguaje debería ser otro frente cultural, pero convertirlo en nuestro hombre de paja, fácil de vencer, a veces sin convencer, que reemplaza avances genuinos por la vía de la autocomplacencia . Hace décadas vi quebrar negocios por el furor antitabaco, por su negacionismo disfrazado de prohibicionismo. Hace 7, lo elevaron a categoría de ODS. Otras drogas están por legalizarse y nadie se escandaliza tanto por el alcohol, cuya restricción también costó sangre. Hoy, por la economía y el peso ineluctable de la realidad, se flexibilizaron las medidas y ya se puede fumar en cualquier parte. Ése es una muestra de por qué no debemos confundir acceder a un lenguaje inclusivo con limitarse o priorizar dicho acceso: El vaporizador de nicotina comprobó que erradicar por decreto un acto cultural, universal, no sólo no lo erradica, sino que incrementa cuantitativa y cualitativamente sus bastiones de resistencia.

Los prejuicios, los sesgos, las fobias continuarán y torcer el idioma, aun por las mejores causas, no los mitigarán o quizá luego de mucho tiempo. Podrían, es más, radicalizarse, como sucede con epítetos fuera de contexto, despojados de todo razonamiento, con que se arguye contra toda propuesta idiomática y todo derecho, no sólo en países y con gobiernos autoproclamados “progresistas”. No importando cómo les dijéramos, hace apenas 60 años ser homosexual era delito en Gran Bretaña y hace 50, la OMS sacó a la homosexualidad de su catálogo de enfermedades. Las locuciones, peyorativas o aceptables que se endilgaron contra ellos y otros grupos humanos, permanecen, reciclándose, legitimando costumbres y constructos mentales y sociales, en los medios, en las redes sociales, en las pláticas diarias, en la escuela y en la talacha, en familia y entre amigos.

Y también desde el movimiento, desde luego, se tienen defectos: La preferencia por el inglés aunque tenga traducción; el buenondismo y lo bienpensante, resabio de la izquierda; la carencia de transversalidad hacia otras causas progresistas, resabio de la derecha; el activismo de sofá y teléfono celular; la escasez masiva, tanto de seguidores como de ciertos gurúes, de información pura y dura. Desde ambos bandos, en ocasiones, confirmo lo escrito por Rével hace más de 30 años: “La primera de todas las fuerzas que dirigen al mundo es la mentira”.

La patria del español heredó también las taras de España: El pensamiento mágico, el etnocentrismo, la aspiración al privilegio y a la supremacía, el puritanismo, el sentido del dogma antes que el sentido crítico, en fin: El caldo de cultivo del caudillismo y del totalitarismo que hemos visto desfilar en nuestro continente y que se extiende, cómo no, a la “defensa” unilateral y miope de nuestra lengua.

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5 comentarios sobre “Un asedio binario

  1. Un tema complejo, interesante, necesario de tratar. Gracias por darnos más información sobre esto. Yo creo que el lenguaje debe representar a todos y que se hagan los cambios que se tengan que hacer, que se abran las mentes que se tengan que abrir. Un abrazo.

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